martes, 15 de diciembre de 2009

Lolo Fernández: La despedida de una leyenda


El Comercio
30 de agosto de 2008

Hoy se cumplen 55 años del día en que el legendario Lolo Fernández se retiró del fútbol profesional. Su último partido fue un acontecimiento nacional

Por David Hidalgo Vega

El santoral de los esfuerzos deportivos tiene en su nómina a un hombre famoso por resistirse a las tentaciones. La memoria popular lo ha consagrado como un testamento apócrifo de la fidelidad: hubo un día en que Lolo Fernández, el cañetano que hizo del fútbol un evangelio, renunció a un cheque en blanco que lo hubiera llevado al extranjero con comodidades de crack, solo para mantener la promesa de entregar hasta los últimos sudores por su club. Los archivos deportivos le conceden cierto juego de préstamo en un club argentino como máxima licencia personal. De modo que el día de su retiro, 30 de agosto de 1953, sobre la cancha del Estadio Nacional se planteaba más que el adiós a un crack, más que noventa minutos de talento en repliegue, más que un ejercicio de fervor popular: esa mañana moría una forma de entender el fútbol como un patriotismo.

En los días previos, no se tenía certeza de que el 'Cañonero' participaría en el encuentro que Universitario sostendría con Alianza. Era un clásico más. Los diarios iban soltando versiones corregidas sobre las alineaciones. Algunas columnas deportivas exacerbaban la expectativa a favor de uno y otro equipo. Se hablaba del tiempo original en que nacieron de estratos distintos, y del tiempo reciente en que se habían convertido en garantes del equilibrio social estratégico de la afición.

De pronto apareció la versión de que Lolo, un ídolo que ya entonces parecía de otra época, volvería a defender la camiseta crema. El columnista Álvaro Penal, de El Comercio, lo consignó así: "El domingo, fuera de toda consideración abstracta o futbolística, es posible que aparezca en la cancha un hombre que llena con su nombre las dos épocas, un hombre que es como un sobreviviente de sí mismo, inexpugnable al tiempo y a las defensas bravas, caballero andante del fútbol nacional. En suma, Lolo. Si Lolo apareciera este domingo en el estadio, la 'U' será más 'U' que nunca y el Alianza apelará a todos sus penales gloriosos para evitar que lo venza ese fantasma, único fantasma que es capaz de hacer goles, todavía".

Había que aclararlo, porque en realidad el tiempo no parecía dejar cuentas pendientes con el astro crema. La duda prendía en los territorios de la maledicencia y se extendía sin disimulo hacia todos los caminos. El síntoma más evidente apareció solo horas antes, en la edición de El Comercio, en la víspera del encuentro. "La reaparición de Lolo provoca una discusión: ¿Podrá resistir los 90 minutos?", preguntaba un titular. El equipo ni siquiera contaba con todos sus cuadros, como para aliviar la carga de su jugador mito. Alianza estaba primero en la tabla, la 'U' iba quinto. Los comentaristas hablaban del equipo victoriano como una máquina engrasada y lista. "Alianza se presenta más parejo y armónico que su rival. La mejor clase de sus integrantes, la homogeneidad de sus líneas le confieren todos los merecimientos para una victoria incontrastable. Solo hace falta que esa delantera se eche a caminar", describía el comentarista de este Diario. La 'U' era vista apenas como un equipo acostumbrado a los "injertos de última hora", que solo sabía ganar gracias a un impredecible espíritu de lucha.

Ese era el estado de cosas el domingo 30 de agosto. El encuentro previo entre el Centro Iqueño y el Unión Callao había terminado con un estadio casi al desborde. En las afueras del estadio había quedado una multitud que no alcanzó entrada para el encuentro estelar.

El partido empezó como se preveía: Alianza se lanzó a la ofensiva y durante los primeros veinte minutos impuso su juego sobre un rival que solo atinaba a replegarse. El panorama cambió al minuto 27. El crema Gutiérrez pescó el balón por el centro de la cancha, superó a dos, burló a un tercero y mandó la bola a los pies de Lolo. El crack no la desperdició. Su tiro estampó las esperanzas del portero aliancista. Medio público estalló. El nombre del héroe salpicó las tribunas. La 'U' tomó cuerpo. Hubo patadas, criolladas. Intermedio. A los tres minutos del segundo tiempo volvió Lolo y clavó otro tanto. A los cinco se desquitó Alianza. Equilibrio. Poco después un segundo tanto íntimo trató de cambiar las cosas. Al minuto 30 la 'U' le cortó la viada. Y entonces llegó el tercero: Lolo captó una bola de Osorio y la mandó al arco. "Con ese tanto Alianza ya estaba vencido", escribió un cronista.

Fue la coronación. La hinchada aclamó al veterano que regresó del frío. La multitud bajó al campo para cargar a su tótem. Lo alzaron en hombros, lo vitorearon. El pueblo siguió su ritmo y empujó al astro a la vuelta olímpica, solo, con el aire grave acentuado por el paño negro sobre su cabeza. El estadio era suyo y Lolo se dejó llevar. Hasta los adversarios victorianos pugnaron por saludarlo tras la derrota. Más aplausos. "La presencia de Lolo significó ayer para su divisa y para él uno de los más clamorosos éxitos de los últimos años", escribiría esa tarde el cronista de El Comercio para los que iban a comprar el diario a la mañana siguiente. "Lolo electrizó como en sus mejores tiempos", dijo el titular a página completa.

Fue una tarde histórica. En las imágenes de esa jornada el ídolo crema aparece con el gesto incierto de quien no sabe qué le espera al otro día. Horas antes había confirmado a los reporteros deportivos que no pensaba continuar como profesional. Los tres goles eran una despedida casi cabalística. "El anuncio de su retiro cierra una de las etapas más brillantes de nuestro fútbol", señaló este Diario. El impacto del partido continuó por días. El Comercio inició con 10 mil soles una colecta pública para regalarle una casa. El presidente Manuel Odría puso otros 10 mil. Empresas públicas y privadas se unieron a la causa. Lolo fue cortejado por las radios, varios ministros lo invitaron a sus despachos para fotografiarse a su lado, su casa era asediada por fanáticos que querían saludarlo. Todavía le quedaban años de vida, muchos momentos para disfrutar las utilidades de su leyenda. Ese día de gloria le duró por años.

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